viernes, 5 de agosto de 2016

Ciudad del hombre



Ciudad del hombre
José María Fonollosa
Edición de José Ángel Cilleruelo
Edhasa. Barcelona, 2016.
384 páginas. 24 euros.




«No me salvéis. Intento así perderme»,
East 54th Street.

En esta página nunca se ha publicado ninguna reseña sobre un libro de poesía. Por algo será.

El desprecio de algunos editores y editoriales hacia obras de grandes poetas españoles y hacia los lectores de esos poetas es «tan cierto como que dios no existe» (Raúl Vacas, Confieso que he fumado). El caso de José María Fonollosa (Barcelona, 1922-1991) es solo uno más. A principios de los noventa, la publicación de Ciudad del hombre: New York (Sirmio / Quaderns Crema, 1990; Acantilado, 2000) supuso un revuelo en la anquilosada, heptaendecasílaba, sufrida y metálica (pulida y brillante) poesía española. Un autor que era muchos, un yo poético distinto por cada poema, “heterónimos epónimos” (tela..) en esdrújulas palabras de Pere Gimferrer, versos como cuchillos clavándose en las vísceras, «como un terrible grito a lo prohibido / como una llamada a lo desconocido» (Javier Rodríguez del Burgo, Veinticinco historias breves de una existencia dudosa), relatos subyugantes, un hombre en cada poema y uno solo en todos ellos, violaciones como poemas, envidia como poemas, asesinatos como poemas, basura, noche, sexo, muerte, música, el cuerpo, el subway, la madre, la mujer, el hombre, los amigos, el mundo. A esa edición le siguió Ciudad del hombre: Barcelona (DVD, 1996) después de la muerte del poeta, que a su vez era una reedición ampliada de una pequeña editorial barcelonesa de 1993 (Bauma, Cuadernos de Poesía). Y claro, después más obra del poeta, a la sombra del éxito fúnebre (tan perfecta la historia personal del autor, tan editorialmente perfecta): Poetas en la noche (Quaderns Crema, 1997), Destrucción de la mañana (DVD, 2001). Cerraron DVD, Quaderns Crema se convirtió en Acantilado y nunca hizo una segunda edición.

Por eso, quiere esta edición reunir toda la Ciudad del hombre, todos los poemas que Fonollosa escribió bajo ese nombre. Ya estaba explicado en las ediciones anteriores que el autor había empezado a titular los poemas con nombres de calles de Nueva York, que después los sustituyó por calles de Barcelona cuando se trasladó a vivir allí, y que cuando le publicaron el primer libro, volvió a cambiar los que eligió por calles de la Gran Manzana. La ciudad del hombre no está en ninguna ciudad, son todas y ninguna. Por eso, la lectura de esta edición de todos los poemas de la Ciudad del hombre, plantea muchas preguntas a los que llevamos en el recuerdo tantos versos de Fonollosa cuando pisamos la ciudad (“East 41st Street”).

¿Qué ha pasado con ese poema que daba inicio a Ciudad del hombre: New York («No hay nada bueno en ti. Por eso te amo», “Hello New York”)? ¿De verdad es el prólogo el lugar idóneo para colocar el famoso último poema que escribió y que se encontró en su mesa de trabajo cuando apareció su cadáver (tan editorialmente perfecta...)? ¿No se podía haber hecho otro tipo de edición más acorde con lo que ya se ha publicado de José María Fonollosa, respetando tanto al lector como al autor? ¿Era realmente necesario cambiar el título a los poemas que ya conocíamos? ¿Tanto costaba no liar la madeja, joder la marrana, tocar los cojones? ¿No eligió el autor los poemas que quería publicar en Ciudad del hombre: New York, aceptando título del libro, nombres de las calles, eligiendo unos poemas, descartando otros, seguramente por considerarlos o bien menores, o bien para otro nuevo poemario, y se debería haber respetado eso? ¿Si nos ponemos a cambiarlo respetando el “manuscrito original” de Fonollosa, no debería haberse titulado Ciudad del hombre: Barcelona, tal y como se dice que el poeta lo tituló? ¿Era necesario cambiar el mapa, la ordenación de los poemas, aduciendo causas como que se es experto en el autor o que «el título de los poemas es una cosa baladí» o que era lo que éste tenía preparado antes de la publicación (y, repito, el primer poemario se publicó bajo su aprobación y elección), pese a que se dice que en un primer momento los títulos eran calles de Nueva York y así lo enviaba a los concursos en los que fracasó? ¿Se puede considerar que han hecho una edición agustiniana, arrepentidamente agustiniana, de un autor que devolvió al hombre la ciudad que el de Hipona le otorgó a Dios (lo que se dice ciscarse en Dios poéticamente; endecasílabamente, en este caso)? ¿Se puede ser experto en algo, en alguien? ¿De verdad la obra del barcelonés «continuaba aún desconocida», habiéndose publicado canciones y discos con sus poemas (Joan Manuel Serrat, “Por dignidad”, Nadie es perfecto, 1992; Albert Pla, Supone Fonollosa, 1995), reediciones de sus libros hasta que cerraron las editoriales o abrieron otras y no les salió del cimbrel hacerlo, estudios y artículos que lo insertan en la historia académica de la literatura española (véase, verbigracia, “La pureza del mal”, de Javier Cercas, en el Volumen 9, Tomo 2, de la Historia crítica de la literatura española coordinada por Francisco Rico, 2000 (Los nuevos nombres: 1975-2000: primer suplemento, coordinado por Jordi Gracia) que, pese a una referencia tan larga, es una puta mierda de artículo)? ¿Qué va a pasar con las referencias a los poemas de esos artículos y estudios ahora que han cambiado los nombres de los poemas? ¿Es posible que el mayor acierto de la edición (aparte de juntar en un solo volumen la ciudad del hombre, lo cual no es tanto un acierto como un retraso) sea el índice de primeros versos?

No tenemos respuesta a estas preguntas. Solo esperamos que todo esto no impida al lector disfrutar de la obra poética de uno de los mejores autores de la poesía española (a lo mejor exagero, y por eso no se publican reseñas de poesía en esta página, aunque esta página sea muy de exagerar, pero considero que Ciudad del hombre: New York está entre los cinco mejores libros de poesía española de la segunda mitad del siglo XX). Se supone que los títulos son los que puso el poeta o tenía puestos en su ciudad del hombre original, aunque esto no sea una razón adecuada para cambiar lo que ya estaba publicado.

El caso es que a uno le gustaría que se abriesen debates como en un éxodo, que, no sé, bienpensantes intentasen secuestrar la edición de la poesía de Fonollosa, que se desatase la polémica y que se llegase al paroxismo por la paranomasia («La mujer es para eso, paraíso, / para uso de los hombres», “Eldridge Street”), que las odas a la masturbación (“West 33rd Street”), a las violaciones (“West 13th Street”), a la madre (“Subway II”), a las mujeres (tantos) al orgullo con vergüenza (“West 34th Street”), al odio (“Kennamore Street”) a los cuchillos que se clavan en el segundo espacio intercostal (“Bedford Street”), a la soledad (“Seventh Avenue”), a todo (“Times Square”) estuviesen en los planes de animación a la lectura, que las preguntas tuviesen respuesta, «que los limpia de los coches dancen acompasados como bailarinas de Can Can» (Fernando Azpeitia, Contando ovejas), pero no va a pasar. A uno le gustarían muchas cosas. Uno se tiene que conformar con que hayan reeditado de esta manera al autor que mejor supo manejar el yo poético. A uno le alegra sobremanera que se edite la obra poética de Fonollosa, de verdad, y se resigna a que sea de esta forma. Uno sueña. Uno entró en la Librería del Burgo el día que salió publicada esta edición de Ciudad del hombre «con el corazón / cogido de la mano» (Fernando Díaz San Miguel, Poemas Finales), recordando aquella tarde de junio del año 2000 en la que entró por primera vez en esa librería, precisamente en busca de un libro de José María Fonollosa.

En fin, que qué se le va a hacer, que «como el estómago / no entiende de sabores / y hasta lo más amargo / nos sirve de alimento» (Javier Martín Invex, Animal i racional), pues da igual. Qué más da. A lo mejor dentro de poco aparece, qué sé yo, una edición de Residencia en la tierra de Neruda cambiando también el nombre de los poemas, por qué no, y el “Walking around” pase a llamarse “El coño de la Bernarda”, por ejemplo.

No todo el panorama está así. Si queréis una buena reedición de un poeta español, respetuosa con el autor y su obra, perfectamente maquetada y bien editada, tenéis la Poesía reunida (1967-1987) de Aníbal Núñez (Salamanca, 1944-1987) en la editorial Calambur (2016), gente seria. Uno tampoco sabe cómo han tardado tanto ni por qué Hiperión nunca se dignó a imprimir una segunda edición de esos dos volúmenes en los que apretujaron sus poemas y traducciones (1995). Uno no se entera de nada. Uno ha creído siempre en “El amor en la filología”, que «el beso nos hace bilingües. / (...) / Las diferencias semánticas. En el amor / también hay evanescencia» (Miguel Ruiz Risueño, Masticación del amor). Y vivo también queda algún poeta bueno, claro, buscad.

Poco más que añadir. Tenemos los 236 poemas que dejó Fonollosa, su Ciudad del hombre, por fin reunidos, que ya era hora. Un mapa de la ciudad de Barcelona que podría ser cualquier ciudad. Calles en las que encontrarnos con nosotros mismos, con el otro, con nuestro pasado y con nuestro presente, en una de las obras más personales, peculiares y originales de la poesía española.

El pasado año, durante las fiestas de Santa Rosa de Lima en Venta de Baños, un medio local al que se le concedió una entrevista pidió a esta página que diese explicaciones sobre la periodicidad de las reseñas y sobre la ausencia de crítica poética. En esta página nunca se ha publicado ninguna reseña sobre un libro de poesía, preguntó afirmando el periodista. Por algo será, se dijo por toda respuesta.

Leed poesía. Cuidad del hombre.
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jueves, 28 de julio de 2016

Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I



Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I
Rafael Reig
Tusquets. Barcelona, 2016.
375 páginas. 19,50 euros.



Hace unos años Rafael Reig (Cangas de Onís, Asturias, 1963) nos presentó un Manual de literatura para caníbales (2006) en el que, con un estilo tan divertido como elevado, hacía un recorrido en clave de humor crítico de la literatura española de los siglos XIX y XX. En este caso el narrador es Martín, catedrático de instituto interno en un psiquiátrico (o en varios), que tiene la capacidad de viajar en el tiempo, meterse en la piel de personas de otros siglos, vivir en otras épocas y lugares. El tiempo de la narración va desde la aparición de las jarchas hasta la muerte de Carlos II en 1700. De esta forma, se nos invita a un recorrido por la literatura española y aledaña que será para el lector un camino lleno de maravillas, mentiras y verdades.

La narración es caótica y aparentemente desordenada. Ya desde el primer capítulo se mezclan ―incluso en el mismo párrafo, en un alarde de control y buena prosa― las narraciones de los personajes en los que se mete el protagonista, los recuerdos de su propia vida, los discursos de sus clases de instituto, las réplicas de sus alumnos, las reflexiones sobre el ser humano y la historia que lo enlaza todo.  Estamos ante un ejemplo maravilloso de eso que se ha venido a llamar literatura híbrida ―en este caso entre la novela y el ensayo― tan bien prefigurado y ejecutado que hace suyas las máximas horacianas y las transforma en un manual novelado, una suerte de novela ensayística, un perfecto ejercicio de literatura.

El libro, pues, rebosa libertad narrativa, erudición, inteligencia y buen humor, que es la única forma de ganar esa guerra civil planteada entre la literatura culta y la literatura popular, entre la alegría y la pasión, entre el amor real y el amor cortés, sufrido. Un materialismo dialéctico que es la base para la reflexión y el punto de vista que toma el autor, su marco de movimiento. Rafael Reig hace de la historia de la literatura una cronología de luchas y batallas perdidas por los que reflejan la realidad y los intelectuales que se adueñan de esa arma tan poderosa que es la palabra. Puede parecer maniqueo, pero es efectivo y tiene la capacidad de contar las cosas desde una perspectiva que hará que el lector se plantee la historia de la literatura española de otra forma. «El combate se libra en el campo de batalla de las representaciones imaginativas: quiénes creemos que somos, cómo nos contamos a nosotros mismos quiénes somos y lo que nos sucede, qué imaginamos que nos está pasando. En otras palabras, la historia de la literatura» (p. 49). Esta es la lucha: el control de esas representaciones imaginativas.

Pasajes memorables como la explicación de la literatura como Archivo General de Emociones, la comparación de la literatura petrarquista o la poesía de Garcilaso con las canciones pop, el rescate de Francisco de Aldana como el gran poeta del siglo XVI, el sublime homenaje al Lazarillo desde el punto de vista del arcipreste del final de la obra, y así un largo etcétera, y César Vallejo sobrevolando constantemente con sus versos durante todo el libro. Toda la novela de Rafael Reig es afecto y respeto por la literatura española, que no es más que eso, literatura, una forma de explicarnos a nosotros mismos.

La lectura se hace, en momentos, tan fluida y natural, tan reveladora, que no nos cabe duda de que estamos ante uno de los mejores escritores españoles de la actualidad, algo demostrado de sobra en otras novelas como Todo está perdonado (2011) o Lo que no está escrito (2012). Inteligente, divertido, caótico y ordenado a la vez, defensor de la alegría, todo lo que debemos pedirle a un buen escritor. Que además nos muestre en ocasiones el alma humana desnuda, que haga tamaño homenaje a los grandes autores de la literatura española y que defienda que esa literatura no es (o no debería ser) otra cosa que la vida, es un regalo añadido que agradecemos profundamente.

Señales de humo es todo un homenaje a la literatura y al único amor verdadero. Es una demostración de conocimiento y de capacidad para las conexiones y la comprensión. Es un magnífico manual de literatura española, además de un alegato en contra de tanta, en palabras del autor, plaga de petrarquismo bubónico, de esa invención que es la intelectualidad.
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viernes, 15 de mayo de 2015

1986. Cuentos completos



1986. Cuentos completos
Rodrigo Rey Rosa
Alfaguara. Barcelona, 2014.
454 páginas. 20,50 euros.



2014 se cerró con la edición en España de 1986. Cuentos completos, un volumen que agrupa todos los libros de narrativa de Rodrigo Rey Rosa (Ciudad de Guatemala, 1958): El cuchillo del mendigo (1985), El agua quieta (1989), Cárcel de árboles (1991), Lo que soñó Sebastián (1994), Ningún lugar sagrado (1998), Otro zoo (2005) y otros cuentos inéditos no reunidos en ninguno de los anteriores volúmenes. Prestigioso narrador y novelista, Rodrigo rey Rosa no ha dejado de indagar a través de sus historias en la fantasía que es inherente a la literatura y en la búsqueda del artificio adecuado para llegar a lo inesperado.

Cortos, intensos, con el ritmo justo de la historia, en ocasiones descabellados, casi siempre memorables. Muy pocos de estos cuentos dejarán indiferente al lector.  Y es que regresar a la lectura de El cuchillo del mendigo, colección de cuentos con la que se dio a conocer, es un muy buen ejercicio: recordar historias cortas que empezaban a componer un universo, el de Rey Rosa, tan particular, plagado de temas atávicos y extemporáneos, a pesar de concretarlos en situaciones en ocasiones familiares o de una profunda extrañeza. En este primer libro son dignos de destacar “La señal”, donde sueños, informes y una especie de herida son los ingredientes perfectos para construir una misteriosa historia; “El Hijo y el Padre” o “El cuarto umbroso”. Breves textos que ponen al lector frente a elementos ocultos que deberá desvelar con la imaginación literaria y las pocas pistas que da el autor.

El agua quieta continúa este los estilos y temas del anterior libro, en una colección que el lector disfrutará y cuyas historias recordará. Cárcel  de árboles y Lo que soñó Sebastián componen entre los dos cinco cuentos de mayor extensión y distintos ritmos que los anteriores. Ver la evolución del autor a los largo de sus libros e una de las ventajas de una colección de cuentos completos. En Ningún lugar sagrado el autor vuelve a los cuentos cortos, ahora con una perspectiva más madura y una técnica más depurada. Por último, el volumen se cierra con Otro zoo y cuatro relatos más no incluidos en ningún volumen.

Ninguno de los relatos desmerece en el conjunto total de la obra, que es, sin lugar a dudas, indispensable para los amantes de las narraciones cortas. Los temas de la vida y la muerte, el paso a la edad adulta o las fábulas revisadas, todo ello siempre envuelto en un manto de misterio que apura el miedo y la desazón, componen estos cuentos completos, un volumen perfecto.
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lunes, 30 de marzo de 2015

Blitz



Blitz
David Trueba
Anagrama. Barcelona, 2015
166 páginas. 16,90 euros.


La composición de historias de David Trueba (Madrid, 1969) roza la perfección, tanto en los guiones de cine como en el puñado de novelas que ha publicado. Si en Saber perder nos ofrecía una historia poliédrica en la que cuatro historias se iban concatenando para un tema común, o en Cuatro amigos componía una novela memorable sobre la amistad, ahora, con Blitz da una nueva demostración de buena construcción de historia.

Es esta una historia sobre la madurez y el curso de la vida. Beto, el protagonista y narrador, arquitecto de jardines dedicado únicamente ―debido a la crisis― a presentar proyectos casi irrealizables a concursos, viaja a Munich con su novia para presentar uno de estos. Allí, su relación se precipitará al vacío y se verá, de repente, solo en una ciudad extraña en la que solo consigue ayuda de una mujer de sesenta y pocos años que conoce en el congreso. Beto, treintañero y eterno adolescente; y Helga, la mujer que termina serenamente su edad adulta. Ellos dos son el eje central de la trama y de los temas que nos propone Trueba.

David Trueba se acerca a éstos de forma personal y sin complejos: la belleza y el paso del tiempo (De joven se es joven, la belleza transita por otro carril», p.50), la edad como estaciones, el amor («El amor es siempre infantil», p. 57) el crecimiento personal, la consecución de la madurez, son estos temas generales en la novela, más allá del tiempo en el que nos la sitúa, el nuestro, un tiempo de crisis de todo tipo en el que todos tenemos miedo y nos guarecemos en burbujas perfectas. Blitz es una novela sobre arrastrar lo que dejamos atrás, sobre el volver a empezar.

Otro de los temas básicos de la novela es el de la vida, y en especial la contraposición entre lo que se vende como realidad y lo que realmente es la realidad. David Trueba ensaya una y otra vez esta diferencia entre la vida plástica y acomodada que nos rodea (en la publicidad, en los medios, en el urbanismo, que es a lo que se dedica el protagonista). Para muestra de esto, solo hace falta leer la retahíla de lo amable que se nos ofrece y el choque inevitable con la realidad, siempre traumático, siempre impredecible. Después de esta lista, el narrador concluye: «La realidad reducida a lo asequible como una pantera reducida a un gato doméstico» (p. 102).

Al final, David Trueba es de esos autores que intentan respuestas generales con sus historias. Y nos las da, y de la manera más sencilla y práctica: «El sentido de la vida es vivir siguiendo el sentido de la vida» (p. 97).
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