miércoles, 2 de septiembre de 2009

Payasos en la lavadora

Payasos en la lavadora
Álex de la Iglesia
Seix Barral. Barcelona, 2009.
173 páginas, 15 euros.


Se reedita ahora la novela esta de Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) publicada originalmente en 1997 (Planeta). El vizcaíno, que se dio a conocer en el cine con el corto Mirindas asesinas (1991), ya nos demostró su saber hacer en el cine con películas como Acción mutante (1993), El día de la bestia (1995), La comunidad (2000), Crimen ferpecto (2004); si bien nos ha dejado otras menos memorables como Muertos de risa (1999) o Los crímenes de Oxford (2008). Nada ha cambiado de la edición original de hace catorce años si no es la introducción de pequeñas ilustraciones en las páginas que acompañan a las referencias culturales e intelectuales que jalonan el libro —y que van desde Los 4 fantásticos hasta Herbert Marcuse o Horkheimer, pasando por Diane Keaton o Spiderman.

La historia, contada a través del recurso del manuscrito encontrado —«Encontré el portátil, un Powerbook 150, en una parada de autobuses de la Gran Vía» (pág. 9)—, es una odisea lisérgica vivida en la Semana Grande de Bilbao y contada en primera persona y en presente por Juan Carlos Sarrústegui, poeta fracasado que va cayendo en una espiral de locura alucinógena de drogas duras, peleas, calimocho y güisqui DYC, entre las cuales se van introduciendo los referentes culturales que harán de la obra una tesis sobre unos cuantos iconos de la cultura pop: a los ya dichos 4 fantásticos y Spiderman se les suman Anibal Lecter, Bruce lee, etc. Para el lector menos exigente —y esta novela no exige mucho— estos personajes serán siempre los mismos a lo largo de la historia y se volverá a ellos constantemente.

Lo más preocupante que podríamos encontrar en esta novela es la falta de universalidad o la temporalidad del humor utilizado. Al preferir para sus chanzas (verdaderamente algunos párrafos son del todo hilarantes) elementos culturales sometidos a los vaivenes de las modas, el lector actual podría tener dificultades para discernirlos si no ha vivido o no quiere recordar el principio de los años noventa. Además de esto, cabe reseñar ciertos errores gramaticales y otros de estilo, perogrulladas del tipo: «Los vapores provocados por los desechos suben hacia arriba, lo mismo que el calor.» (pág. 77).

Esta novela hará las delicias de los nostálgicos de aquella época y de los muchos lectores que, seguro, se sentirán representados por los referentes culturales que Álex de la Iglesia propone. Los demás también pueden pasar un buen rato dejándose llevar por el delirio y el paroxismo de Satrústegui, en su humor negro y aberrante, en su zafiedad insultante y en su miseria grotesca. 

Juan José Mediavilla
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