miércoles, 16 de diciembre de 2009

Caín

Caín
José Saramago
Traducción de Pilar del Río
Madrid, Alfaguara, 2009.
189 páginas. 18,50 euros.


Él mismo lo dice: cuanto más viejo, más radical. Y es que José Saramago (Azinhaga, 1922) tiene el don de poner el dedo en la llaga de los temas más controvertidos, y cuando estos son de índole religioso, parece ser que es cuando da lo mejor de sí. Después de haber atacado (tanto el como al) Nuevo Testamento dándonos una lúcida versión en El evangelio según Jesucristo (1991), viene ahora con historias del Antiguo en este Caín, obra más corta que la otra pero con igual o más profundidad. La controversia y la radicalidad del Premio Nobel de Literatura (1998) no viene solo del ataque a la deidad, llamándole hijo de puta en alguna ocasión (p. 89), o del hecho de defender al protagonista de su novela, Caín, por encima de cualquier otro personaje cuyas virtudes creíamos intachables (pasan por la novela desde Abraham, Josué, Noé, pasando por Moisés o, por supuesto, Abel), si no que reside en el hecho de poner en cuestión toda la bondad del Señor y de sus acciones, analizar cada frase hecha que a Dios se refiere, empezando por la que dice que sus caminos son inescrutables, y dejarle sin defensa posible.

Para todo esto le sirve el protagonista de la historia, Caín, que es presentado como un pobre hombre obligado por dios a matar a su hermano y después a vagar sin rumbo por el mundo, por «diferentes presentes» y lugares. Será pues Caín aquel que duda y el que cuestiona todos los actos de Dios para luego juzgarlos e incluso ejecutar la sentencia, como veremos al final de la novela. Pero también el propio narrador (algunos han visto toques bretchianos) el que, con recursos varios como dirigirse al lector y la utilización de todas las personas del verbo, el que nos llevará por ésos senderos. La inserción del diálogo en el párrafo, que ya ha marcado una seña de identidad en las obras del Premio Nobel portugués, no consigue que se pierda la portentosa e inigualable voz del narrador.

«La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él.» (p. 98), dice el narrador. Saramago ha conseguido tanto reescribir mitos en la posmodernidad, ya sea en La caverna o el mencionado Evangelio según Jesucristo o el Caín que ahora nos ocupa, como fantasear con las historias más fantásticas (Ensayo sobre la ceguera) o plantear situaciones que le sirven, a él mismo y al lector, cuestionar todo el mundo y el sistema en el que nos movemos (El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez). Cuanto más viejo, más radical, pero también demuestra que cada vez está más lúcido y más mordaz. Que el dios en el que no cree le dé muchos años para que él nos dé más libros como estos. Un lujo en su librería, señora.

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