domingo, 27 de marzo de 2011

El hacedor (de Borges), Remake


El hacedor (de Borges), Remake
Agustín Fernández Mallo
Alfaguara. Madrid, 2011.
174 páginas. 18,50 euros.



Como acostumbra ocurrir en el cine, los remakes salen mal, adolecen de demasiada fe ciega en que lo que se hace es un homenaje o una revisión y, sobre todo, son susceptibles de comparaciones con el original en las que siempre saldrán perdiendo. Siempre he pensado que se debe profanar el templo y que nada está libre de revisión, reinterpretación o violación. Las visiones reduccionistas en la literatura solo llevan al inútil trabajo de ponerle puertas al campo.

Astutamente, Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), experto en este tipo de relecturas, nos quiere demostrar que ha leído a Borges y que sus moldes le sirven para hacerle un homenaje. Hacer este Remake supone la comparación con el original y es imposible que salga de ésta bien parado.

Jorge Luis Borges escribió El hacedor en 1960, un libro en el que se mezclaban poemas, narraciones cortas y ficciones al más puro estilo del autor. Con el mismo índice, el coruñés ha hecho el suyo, un libro donde los espejos pasan a ser espejos de ascensores y donde el tigre es Google Earth.

Las historias del nuevo libro de Mallo repiten los clichés de sus anteriores obras. La hipermodernidad de sus propuestas y los temas ocurrentes de su obra vuelven a marcar la pauta, quedando en la mayor parte de los casos cortas. El final de todas las historias no dice nada al lector, intenta una fantasía borgeana a la que no llega, recurre a frases tópicas para cerrar los relatos, dejando una historia (realmente interesantes en sus planteamientos) cojeando sin llegar a indagar lo que debería. Eso cuando no llega un rubor de vergüenza al leer pastiches como «Este me lo salto» en la versión de Delia Elena San Marco, el nuevo Poema de los dones y un largo etcétera de carencias poéticas suplidas con un cuestionable sentido del humor.

Hay también relatos que se salen de estos pastiches para crear historias interesantes, como ocurre en Mutaciones o Una rosa amarilla donde, repitiendo el esquema de la primera parte de Nocilla Lab, recrea un viaje laberíntico por cables y personas. Son, sin embargo, los menos casos.

Es de rigor recordar ahora sus anteriores incursiones en la narrativa. El éxito de la trilogía Nocilla no es casual. Realmente Fernández Mallo es un escritor original que compone historias sobresalientes, y su anterior obra fue uno de los pocos ejemplos de esto en la última década en nuestra última literatura. Sin embargo, cada vez recurre más a los mismos lugares y la originalidad se le va convirtiendo en acomodaticias recurrencias.

Para mí, lo mejor de todo el libro, es que he vuelto a leer El hacedor de Borges (aunque creo que nuca dejé de leerlo), el del Homero porteño, el del hombre que se propuso la tarea de dibujar la fantasía desde la oscuridad de una ceguera en la que veía más que cualquier vidente. El de Fernández Mallo queda como un grupo de curiosidades que no ahondan lo que el tema propuesto merece. Un autor con tan notables recursos narrativos no debería quedarse a tan pocos pasos del fondo del alma humana, a tan poco de quemarse, si quiere hacer literatura.

Juan José Mediavilla
_

No hay comentarios:

Publicar un comentario