sábado, 18 de junio de 2011

El vigilante del fiordo


El vigilante del fiordo
Fernando Aramburu
Tusquets. Barcelona, 2011.
184 páginas. 16 euros.




No ser no duele (1997) y Los peces de la amargura (2006) eran las dos únicas muestras que teníamos del Aramburu escritor de cuentos, si exceptuamos Vida de un piojo llamado Matías (2004) y otros libros de literatura infantil. El vigilante del fiordo es su última obra, ocho narraciones en las que se mezclan los temas y los motivos de las dos colecciones anteriores.

Si en el anterior libro del autor donostiarra (1959) destacábamos el ritmo pausado y la recreación estilística, en este –sin salirse del buen oficio y las maneras impecables que posee– va al grano en cada cuento. En cada una de las composiciones el autor demuestra el respeto que tiene por el trabajo que realiza y por los temas que trata. Son narraciones, en general, cortas, sobre todo las primeras del libro. Por ejemplo “Chavales con gorra”, relato con el que comienza la colección, donde se nos presenta a una pareja que huye –podemos conjeturar de qué aunque no se nos dice, y en el fondo lo mismo daría–, y asistimos con angustia a su paranoia.

En “Mártir de la jornada” unos pocos elementos (picor en los genitales del protagonista, merengue untado en éstos y una iglesia) nos pueden hacer sospechar un previsible final, pero de nuevo Aramburu nos hace un requiebro y nos deja con un palmo de narices. El cuento “Lengua cansada” es una de las grandes composiciones de la colección. Un adolescente nos cuenta las vacaciones que comparte con su padre en una autocaravana de alquiler. Empezando la historia desde el trágico desenlace, nos irá rememorando las jornadas con su asqueroso progenitor hasta llegar a descubrir el porqué de la lamentable salida del último de los cámpings en el que se alojan.

En general, los protagonistas de los cuentos son personas que huyen, ya sea de algo tangible, de sucesos que intuimos, de sí mismos o de su propio pasado. Así, en la tercera historia del libro, “Carne rota” se concatenan los dramas íntimos de varias víctimas de los atentados de Atocha en 2003. Un homenaje en toda regla a las víctimas de una catástrofe sin sentido en la que el lector se ve envuelto en una vorágine de historias y sentimientos de ritmo frenético que cortan el aliento. Ahí nos las deja para que reflexionemos acerca de nosotros mismos, de lo que somos en realidad.

En cuanto al cuento que da título al compendio, se trata del más sorprendente para el lector. Una composición polimórfica y poliédrica en la que el autor nos narra el delirio de un paciente de un psiquiátrico que, salvando las distancias y lo que vigilan ambos, recuerda al guardián de los niños en el centeno de Salinger. No es la primera vez que Aramburu narra las historias con el estilo y las acotaciones típicos del teatro, y en este último libro lo hace de nuevo un par de veces. La agilidad que imprime en los relatos contrasta sobremanera con los párrafos densos y dedicados al virtuosismo a los que nos tiene acostumbrados en sus novelas, sobre todo, como ya se ha dicho, en la anterior. Pero esto no es óbice para que no podamos seguir leyendo frases o conversaciones que les gustaría componer a los más consagrados autores de nuestra literatura. Basta abrir el libro y escoger un párrafo al azar.

En definitiva, no es nada nuevo que Aramburu haya compuesto otra vez una obra magistral. Sin embargo, tenemos la certeza de que no está de más seguir comentándolo y admirándonos.

Juan José Mediavilla
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3 comentarios:

  1. Qué buena tu reseña, amigo Juanjo... Impresionante.

    Logras que el lector se quede con ganas de más... En cuanto pueda, buscaré el libro. (Por cierto, qué bonita es la portada, ¿verdad?)

    Gracias, como siempre, por tu análisis crítico. El trabajo bien hecho siempre se agradece.

    Muchas gracias por todo y un abrazo,
    María J. Bernal

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