sábado, 20 de abril de 2013

Cenital



Cenital
Emilio Bueso
Salto de Página. Madrid, 2012
288 páginas. 17,50 euros.



La posibilidad de un mundo post-apocalíptico ha dado grandes obras tanto a la literatura como al cine. Emilio Bueso (Castellón de la Plana, 1976) retoma el tema y nos pone ante el colapso maltusiano y el fin de las energías fósiles. Un futuro muy cercano que el autor coloca casi en el presente, en una ecoaldea que ha sobrevivido a los embates y los horrores del fin de la humanidad.

En el libro podemos distinguir tres partes esenciales que se intercalan: las historias individuales de los miembros de la aldea (con nombres distintos a los que tenían cuando el mundo “funcionaba” y que son alegorías de lo que realmente son: Theo, Destral, Agro, etc.); la historia de la ecoaldea, narrada más o menos cronológicamente; y las entradas del blog que el protagonista escribe antes de la catástrofe en busca de prosélitos. 

Si podemos encontrar una historia, aparte de la más que jugosa que aporta el tema del fin de una sociedad basada en el consumo desproporcionado e insostenible de sus recursos, es la del conflicto que se crea entre los habitantes de la ecoaldea y un grupo de guerreros caníbales que se han hecho los dueños de la carretera, al más puro estilo Mad Max. La contraposición, moral y vital, entre la aldea, sostenible e inteligente, y estos personajes terroríficos es una de las tramas más interesantes de la novela.

Adolece sin embargo de cierta pobreza de estilo literario que en ocasiones hace que parezca que un tema como este no sea merecedor de semejantes maneras. Es sobre todo el estilo narrativo el que no acaba de conseguir la fuerza que la historia exige. El otro, el de las entradas del blog, conlleva menos dificultad y queda logrado. Una historia como esta tiene que dar más de sí, más que una serie de proclamas conocidas y una narración atropellada que, si bien ahondan en la profundidad de un problema como la falta de recursos al que nos tendremos que enfrentar tarde o temprano, no consigue colocarlo como fondo de una historia notable. Además, la ficción también puede dar más de sí, y lo mismo podríamos decir de la narración, plagada de expresiones dudosas (“la práctica totalidad, p. 56; “en plan autodidacta”, p. 194), palabras desprovistas de su sentido correcto (“bicoca”, p. 172) o simples usos viciados (“…acaba de evaporarles cincuenta y cinco mil millones de dólares”, p. 144). 

Nos quedamos pues con el tema, por acuciante e imprescindible y con ciertos personajes, en su mayor parte inanimados o desaprovechados. Se necesitan avisos sociales como este en la literatura, pero también se necesita que esos avisos estén bien compuestos.

Juan José Mediavilla
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